Remembranza

Soy católico no practicante, si es que eso existe. Pero ese “vínculo” es herencia de mi madre, ella fue fiel a su creencia tradicional y trató de inculcarla en sus hijos, aunque conmigo no tuvo mucho éxito. En Semana Santa me llevaba a los diferentes eventos que se realizaban en la parroquia.

Para mí el Vía Crucis tiene un aire especial, una experiencia que me unió a ella, de esos recorridos recuerdo a don Rubén, corpulento, casi gigante para mis ojos infantiles. Un metro con ochenta centímetros aproximadamente, quizá noventa kilos de peso y una cruz de madera que superaba los dos metros de altura, armada con dos trozos de unos veinte centímetros de diámetro. Esa inmensa estructura solo podía ser llevada por un hombre de su contextura.

Su espalda y hombros soportaban el peso mientras sus pies descalzos aguantaban esa autoimpuesta penitencia. Recuerdo a doña Bertha, quién transitaba las catorce estaciones de rodillas mientras se infringía latigazos en la espalda, la sangre rodaba por su cuerpo pero nadie se escandalizaba, al parecer era algo normal aunque yo no entendía muy bien el concepto del dolor y la penitencia. Años después don Rubén ya no está, doña Bertha partió y mi madre siguió sus pasos, pero a pesar de que ella no está el Vía Crucis sigue teniendo una estación en su casa. No sé hace cuánto no participaba en la procesión, decidí salir de nuevo “de la mano de mi madre”, y ver qué otras imágenes podían congelarse en mi memoria.



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